Espectáculos

Los cinco diablos

▲ Fotograma de la cinta de la directora francesa Lèa Mysus.

A

unque el pequeño poblado alpino francés, enclavado en el valle de Isère, guarda las apariencias de un remanso tranquilo y tolerante, suerte de microcosmos de una Francia multirracial, en realidad la niña mulata de 10 años Vicky (Sally Dramé –avispada, omnipresente), continuamente sufre agresiones racistas en su escuela, donde su cabello crespo le vale motes como cepillo de inodoro, entre otros menos amables. Su único refugio afectivo es su madre Joanna (Adèle Exarchopoulos – La vida de Adèle, Kechiche 2013), una joven maestra de gimnasia, aficionada a la natación en aguas heladas, y pareja sentimental de un abúlico y muy eclipsado Jimmy (Moustapha Bengue) proveniente de Senegal. La siempre solitaria Vicky posee un don misterioso que le permite identificar con su olfato privilegiado objetos situados a varios metros de distancia. De ese modo, cuando la joven Julia (Swala Emati), tía suya por el lado paterno, llega de sorpresa al hogar de sus padres e inadvertidamente le disputa a la niña la atención cariñosa de la madre, Vicky ensayará múltiples artificios, valiéndose de su olfato, para hacerle la vida imposible.

Desde las primeras escenas de Los cinco diablos ( Les cinq diables, 2022), de la directora francesa Léa Mysus ( Ava, 2017), es claro el amor, la casi idolatría, que la niña Vicky profesa a su madre, quien la defiende del bullying escolar sin incurrir por ello en una sobreprotección. Cabría esperar que la propia Vicky utilizara sus poderes sobrenaturales (a la manera de Carrie, de Palma, 1976) para vengarse de todas las afrentas racistas que padece, y sin embargo su despecho tiene como destinataria principal a una figura tóxica en la familia, a la mujer que literalmente le roba de las caricias de su madre. Esa tía Julia, depositaria de turbios secretos familiares, aparece como una villana poco plausible (no hay designio maléfico ni intenciones sombrías), pero la pertubación emocional que genera a su paso se vuelve un detonador muy efectivo en la acción de esta trama, próxima al thriller y al relato fantástico, que aborda un tanto en desorden y sin gran profundidad temas como la frustración sexual, el racismo y la pulsión homoerótica.

Filmada en 35 milímetros, con un notable trabajo en fotografía de Paul Guilhaume, quien captura muy bien la atmósfera claustrofóbica de ese pueblo cercado de montañas en el que se ubica el centro deportivo llamado Los cinco diablos, la película oscila entre el género de terror y el melodrama, sin tomar partido consecuente por una de esas dos expresiones. Esa aparente dispersión temática y narrativa hace que, paradójicamente, la cinta termine reflejando el verdadero caos mental que vive la niña Vicky, encerrada en un mundo aparte donde fuerzas fantásticas, de origen desconocido, avasallan su voluntad, ofreciéndole al mismo tiempo la posibilidad de recuperar plenamente el cariño materno. El caso de Vicky se suma al tipo de desmistificación de un supuesto candor infantil sin mácula que operan algunas cintas recientes, entre ellas las aquí recién reseñadas, La niña tranquila y Juegos inocentes, de Irlanda y Noruega respectivamente. Mostrar una inteligencia precoz en los niños, alejada del soso paternalismo moral tan frecuente en el cine comercial, además de generar actuaciones excelentes, suele ser una buena señal de progreso.

Los cinco diablos es un estreno de MUBI, plataforma de cine de autor.

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